En el camino de la visión inicial al éxito se pasa por la es­tra­te­gia, pero ¿cómo controlar si la es­tra­te­gia em­pre­sa­rial está fu­n­cio­na­n­do de verdad? Los eco­no­mi­s­tas Robert S. Kaplan y David P. Norton diseñaron una he­rra­mie­n­ta me­to­do­ló­gi­ca que dirige la es­tra­te­gia hacia el resultado esperado. En los años 1990, de­sa­rro­lla­ron un sistema para mejorar el co­n­tro­lli­ng en las empresas: el cuadro de mando integral o balanced sco­re­d­ca­rd (BSC). Con él, los re­s­po­n­sa­bles de tomar de­ci­sio­nes tienen en sus manos una he­rra­mie­n­ta que, gracias a su ex­po­si­ción clara de la causa y el efecto, les permitirá dirigir mejor su empresa.

¿Qué es un cuadro de mando integral?

El cuadro de mando integral plasma la in­ter­ac­ción entre causa y efecto: lo que se introduce en el sistema, de alguna manera, vuelve a salir. Además, los cambios en un lugar pueden tener co­n­se­cue­n­cias, positivas o negativas, en otras áreas. El cuadro de mando permite vi­sua­li­zar y medir tales cambios.

Para utilizar el cuadro de mando integral, es necesario formular primero una visión y una es­tra­te­gia. Sobre esa base se de­te­r­mi­nan los factores críticos de éxito (critical success factors, CSF). Estos in­di­ca­do­res pro­po­r­cio­nan in­fo­r­ma­ción sobre el éxito que está teniendo la apli­ca­ción de la es­tra­te­gia. Una ca­ra­c­te­rí­s­ti­ca esencial de este sistema es que estos in­di­ca­do­res no son ex­clu­si­va­me­n­te mo­ne­ta­rios. No se refieren úni­ca­me­n­te a re­n­di­mie­n­to y cifras de negocios, sino que, por ejemplo, también permiten analizar el número de nuevos clientes y las cadenas de causa-efecto asociadas a ello.

Pe­r­s­pe­c­ti­vas sobre la empresa

Al analizar la empresa y la es­tra­te­gia de negocio uti­li­za­n­do un cuadro de mando integral se adoptan cuatro pe­r­s­pe­c­ti­vas di­fe­re­n­tes que reflejan aquellas áreas de la empresa que son de­te­r­mi­na­n­tes para la es­tra­te­gia em­pre­sa­rial. Así se consigue una imagen global de la empresa. Estas cuatro pe­r­s­pe­c­ti­vas son:

Pe­r­s­pe­c­ti­va fi­na­n­cie­ra

Desde este punto de vista se tienen en cuenta, en primer lugar, los valores mo­ne­ta­rios de la empresa, puesto que ayudan a co­m­pre­n­der las co­n­se­cue­n­cias eco­nó­mi­cas de la es­tra­te­gia. El volumen de ventas y la re­n­ta­bi­li­dad de­sem­pe­ñan un papel crucial, ya que son los in­di­ca­do­res que están ligados di­re­c­ta­me­n­te a la exi­s­te­n­cia de la empresa. Esta pe­r­s­pe­c­ti­va también la tienen en cuenta in­ve­r­so­res y ac­cio­ni­s­tas. Por lo tanto, para el análisis de la empresa desde esta pe­r­s­pe­c­ti­va también deberían recogerse in­di­ca­do­res in­te­re­sa­n­tes para estos dos grupos. Por ejemplo, el retorno sobre la inversión (return on in­ve­s­t­me­nt, ROI) tiene gran im­po­r­ta­n­cia para los in­ve­r­so­res.

Pe­r­s­pe­c­ti­va del cliente

En la pe­r­s­pe­c­ti­va del cliente se tienen en cuenta las opiniones de los clientes sobre la empresa, ya que ellos suelen valorar otros factores co­m­ple­ta­me­n­te distintos que los in­ve­r­so­res. En este caso, lo lógico sería ide­n­ti­fi­car los in­di­ca­do­res sobre la sa­ti­s­fa­c­ción de los clientes. El po­r­ce­n­ta­je de nuevos clientes también es un valor in­te­re­sa­n­te. Desde la pe­r­s­pe­c­ti­va del cliente también resulta in­te­re­sa­n­te el precio final del producto que se oferta.

Pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos internos

La pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos internos pro­po­r­cio­na un punto de vista interno sobre los procesos de la empresa. Esta pe­r­s­pe­c­ti­va se adopta para poder valorar y mejorar los procesos internos. Algunos in­di­ca­do­res in­te­re­sa­n­tes del análisis desde esta pe­r­s­pe­c­ti­va son, por ejemplo, los costes de los procesos de trabajo o, incluso, el cu­m­pli­mie­n­to de los plazos de los procesos. Los controles de calidad también pueden ser re­le­va­n­tes desde la pe­r­s­pe­c­ti­va del proceso.

Pe­r­s­pe­c­ti­va de apre­n­di­za­je y cre­ci­mie­n­to

Las po­si­bi­li­da­des de seguir de­sa­rro­llá­n­do­se se valoran desde la pe­r­s­pe­c­ti­va de apre­n­di­za­je y cre­ci­mie­n­to. El cuadro de mando integral evidencia, entre otras cosas, que los tra­ba­ja­do­res y sus co­m­pe­te­n­cias también son una parte fu­n­da­me­n­tal en la apli­ca­ción eficaz de las es­tra­te­gias. En este contexto son es­pe­cia­l­me­n­te clave los in­di­ca­do­res del área de de­sa­rro­llo del personal. Por lo tanto, el grado de cua­li­fi­ca­ción de los empleados y la tasa de rotación dentro de la empresa son factores re­le­va­n­tes dentro de la pe­r­s­pe­c­ti­va de apre­n­di­za­je y cre­ci­mie­n­to. Además de los tra­ba­ja­do­res, el de­sa­rro­llo de productos y servicios también afecta al éxito de la empresa.

Nota

Estas cuatro pe­r­s­pe­c­ti­vas se co­rre­s­po­n­den con la es­tru­c­tu­ra de muchas empresas, pero no de todas. Por este motivo, puede ser lógico sustituir una o más áreas del cuadro de mando integral por otras o co­m­ple­tar­las. Por ejemplo, para algunas empresas podría resultar si­g­ni­fi­ca­ti­vo el punto de vista de los pro­vee­do­res o su pe­r­s­pe­c­ti­va de co­mu­ni­ca­ción.

Equi­li­brio de las áreas

Ya el nombre del cuadro de mando integral en inglés, balanced scorecard (li­te­ra­l­me­n­te, cuadro de mando equi­li­bra­do) destaca uno de los re­qui­si­tos más im­po­r­ta­n­tes para que una es­tra­te­gia em­pre­sa­rial se aplique con éxito: “balanced” (equi­li­bra­do). Hasta el momento solo nos hemos centrado en un aspecto del cuadro de mando: la medición dentro de las pe­r­s­pe­c­ti­vas escogidas. Pero la selección de las pe­r­s­pe­c­ti­vas no es ar­bi­tra­ria, sino que conduce a una va­lo­ra­ción equi­li­bra­da y, así, lo más completa posible. El análisis a través de un cuadro de mando integral debería evitar, pre­ci­sa­me­n­te, que el éxito de la empresa se valore solo pa­r­cia­l­me­n­te, por ejemplo, teniendo solo en cuenta el re­n­di­mie­n­to. La ex­pe­rie­n­cia ha de­mo­s­tra­do que una visión tan limitada apenas sirve de nada. En muchos casos, los aspectos fi­na­n­cie­ros por sí mismos no reflejan ade­cua­da­me­n­te el éxito de las es­tra­te­gias em­pre­sa­ria­les.

De todas maneras, la simple medición de los in­di­ca­do­res no basta para que una es­tra­te­gia tenga éxito. El análisis mediante un cuadro de mando integral también aporta in­fo­r­ma­ción a los gestores sobre los puntos en los que debería tra­ba­jar­se en un futuro, así como los cambios que deberían llevarse a cabo para que una es­tra­te­gia re­aju­s­ta­da ade­cua­da­me­n­te ayude a la empresa a avanzar. Por lo tanto, el equi­li­brio no solo desempeña un papel en la va­lo­ra­ción de la empresa, sino también en su cre­ci­mie­n­to. Para que el cre­ci­mie­n­to de la empresa no solo avance en una pequeña área, no basta con es­ta­ble­cer distintas pe­r­s­pe­c­ti­vas, sino también formular objetivos a partir de las di­fe­re­n­tes pe­r­s­pe­c­ti­vas. Así, además de un valor real, tendremos siempre un valor estimado. Si se hace evidente que el objetivo de un área no va a al­ca­n­zar­se, podemos reac­cio­nar rá­pi­da­me­n­te. De esta manera, evi­ta­re­mos que algunas áreas in­di­vi­dua­les no lleguen a de­sa­rro­llar­se.

Además de los objetivos, también deberemos de­te­r­mi­nar las re­s­po­n­sa­bi­li­da­des. Es prá­c­ti­ca­me­n­te imposible, sobre todo en las empresas grandes, que una única persona se encargue de la gestión y se ocupe de todas las áreas de la empresa. Por lo tanto, habrá que de­te­r­mi­nar qué personas serán las re­s­po­n­sa­bles de que en cada una de las áreas se alcancen los objetivos de la empresa.

Causa y efecto: el mapa es­tra­té­gi­co

El cuadro de mando integral se basa en el principio de causa y efecto. Por lo general, los avances en un área también tienen efectos si­g­ni­fi­ca­ti­vos en los in­di­ca­do­res de otras áreas. Este principio queda claro, por ejemplo, en un mapa es­tra­té­gi­co. Este ilustra cómo alcanzar los objetivos en una pe­r­s­pe­c­ti­va afecta al resto de pe­r­s­pe­c­ti­vas. De ahí se puede deducir una secuencia: la cua­li­fi­ca­ción de los tra­ba­ja­do­res y el grado de de­sa­rro­llo de la empresa (pe­r­s­pe­c­ti­va de apre­n­di­za­je y cre­ci­mie­n­to) tienen un efecto directo en la efi­cie­n­cia con la que ofrecemos productos y servicios (pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos). Esto, a su vez, afecta a la sa­ti­s­fa­c­ción del cliente y al precio (pe­r­s­pe­c­ti­va del cliente). Por su parte, los clientes adquieren los productos y ga­ra­n­ti­zan con ello el volumen de ventas y el re­n­di­mie­n­to (pe­r­s­pe­c­ti­va fi­na­n­cie­ra).

El mapa es­tra­té­gi­co puede ayudar al em­pre­sa­rio a formular la es­tra­te­gia em­pre­sa­rial. Por ejemplo, como objetivo global se escoge un de­te­r­mi­na­do volumen de ventas. La pregunta ahora es cómo se va a producir. Una opción sería aumentar el número de nuevos clientes. En el siguiente paso debe abordarse la cuestión de cómo conseguir esos nuevos clientes, lo que conduce a un objetivo en la pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos. Fi­na­l­me­n­te, hay que co­n­si­de­rar qué re­qui­si­tos (es decir, objetivos) se necesitan desde la pe­r­s­pe­c­ti­va de apre­n­di­za­je y cre­ci­mie­n­to para alcanzar los valores estimados de la pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos. El mapa es­tra­té­gi­co se construye de arriba hacia abajo.

No hay motivo alguno por el que una empresa deba ceñirse a un único mapa es­tra­té­gi­co y, por lo tanto, a un único cuadro de mando integral. En la práctica, suele de­sa­rro­llar­se un cuadro de mando para cada nivel em­pre­sa­rial, cada equipo o cada región, que a su vez depende de un nivel superior. Así se produce una es­tru­c­tu­ra es­ca­lo­na­da.

¿Cuáles son las ventajas del balanced scorecard?

El cuadro de mando integral sirve al mismo tiempo para varios pro­pó­si­tos. En primer lugar, obliga a los em­pre­sa­rios a formular visiones y es­tra­te­gias. Los in­di­ca­do­res clave para la apli­ca­ción de la es­tra­te­gia también deberán definirse. Esto hace que la co­m­ple­ji­dad de una empresa sea más accesible y, sobre todo, más tra­n­s­pa­re­n­te para todos los tra­ba­ja­do­res. Por lo tanto, el cuadro de mando integral utiliza primero el de­sa­rro­llo de una es­tra­te­gia y la co­m­pre­n­sión de la misma.

De­te­r­mi­na­n­do los in­di­ca­do­res, el cuadro de mando integral convierte al éxito de la apli­ca­ción de la es­tra­te­gia, y, de alguna forma, el éxito global de la empresa, en un valor medible. Esta cua­n­ti­fi­ca­ción se lleva a cabo de forma integral: la empresa se contempla desde todos los ángulos o, al menos, desde cuatro pe­r­s­pe­c­ti­vas di­fe­re­n­tes. Ello permite valorar una es­tra­te­gia de forma mucho más integral que si el enfoque estuviese orientado úni­ca­me­n­te al volumen de ventas.

Para apro­ve­char de verdad las ventajas que ofrece el cuadro de mando integral, no debe caerse en el error de co­n­si­de­rar el BSC como una mera re­co­pi­la­ción de in­di­ca­do­res, pues esta función ya la cumple co­n­tro­lli­ng. Mucho más im­po­r­ta­n­te es re­la­cio­nar los in­di­ca­do­res con la es­tra­te­gia em­pre­sa­rial y examinar las in­ter­ac­cio­nes entre las distintas áreas. Si, por ejemplo, el volumen de ventas no alcanza los objetivos, puede que sea aco­n­se­ja­ble revisar la pe­r­s­pe­c­ti­va de procesos y verificar si en esta área hay factores que permitan aumentar el volumen de ventas.

Hecho

Los mismos creadores del cuadro de mando integral, Kaplan y Norton, ya han señalado el riesgo de no utilizar co­rre­c­ta­me­n­te el BSC y de en­te­n­de­r­lo si­m­ple­me­n­te como una co­m­pi­la­ción de me­di­cio­nes aisladas. Pero la co­m­bi­na­ción de es­tra­te­gia, objetivos y me­di­cio­nes es esencial para conseguir un trabajo sa­ti­s­fa­c­to­rio con cuadros de mando in­te­gra­les.

El cuadro de mando integral en un ejemplo

Su­po­n­ga­mos que un hotel quiere aplicar un cuadro de mando integral para poder gestionar mejor la empresa. En primer lugar, la empresa debe de­sa­rro­llar una es­tra­te­gia, que se reflejará en un mapa es­tra­té­gi­co. El objetivo principal de la empresa es aumentar el volumen de ventas. Para que aumenten las ventas debe in­cre­me­n­tar­se el número de pe­r­no­c­ta­cio­nes y por eso quieren que aumente el número de re­co­me­n­da­cio­nes de cada cliente. Para que los clientes se decidan a re­co­me­n­dar el hotel, deben marcharse en­ca­n­ta­dos con el buen servicio recibido. El hotel decide utilizar como indicador de desempeño el tiempo que tardan las personas en hacer el registro. Para reducir los tiempos de pro­ce­sa­mie­n­to y mejorar el servicio, lo primero que hay que hacer es formar a los tra­ba­ja­do­res y reunirse con ellos. El número de cursos de formación y las reuniones con el personal también se pueden registrar. A co­n­ti­nua­ción, se muestra un ejemplo del aspecto que tendría un cuadro de mando integral con estos in­di­ca­do­res.

Consejo

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